GUNS N’ ROSES, 30 AÑOS DE APPETITE FOR DESTRUCTION

 

Por Ángel Cruz Islas

 

La industria musical constantemente suele intentar diluir al Rock & Roll, despojándolo de ese espíritu transgresor que lo caracteriza para convertirlo en un producto complaciente y fácilmente asimilable por el público masivo. Cada cierto tiempo ese objetivo parece lograrse. Sin embargo, en cada uno de esos momentos aparece una banda que rompe con los estándares comerciales en turno para regresar a esa rebeldía tan incómoda para las buenas conciencias y recordarle al mundo que, como decía Neil Young, “El Rock & Roll nunca morirá”.

 

A mediados de los 80’s la mayoría de las bandas  navegaban en el conformismo y la blandura, más preocupados por sus peinados que por la honestidad y calidad de su música.  Pero, al mismo tiempo, cinco veinteañeros malvivientes procedentes de distintos puntos de la unión americana coincidían en Los Angeles y formaban una banda que, sólo meses después, el mundo entero conocería como Guns N’ Roses, de la mano de su álbum debut Appetite For Destruction.

 

Sus vidas eran un caos, no tenían dinero, vivían en un pequeño cuarto donde escribían, ensayaban, se drogaban, hacían fiestas y robaban a las chicas con quienes se acostaban. En pocas palabras llevaban al extremo el famoso mantra (o cliché) “Sexo, drogas y Rock & Roll”. Fue precisamente ese estilo de vida el que les permitió crear las canciones que con su crudeza, agresividad y contundencia le darían nueva vida al rock.

 

Con la voz feroz de Axl Rose (William Bailey), la apasionada ejecución de Slash (Saul Hudson) en la guitarra principal, la experiencia rítmica de (Michael) Duff McKagan al bajo, el introvertido Izzy Stradlin (Jeff Isbelle) con su genio compositor en la guitarra rítmica y la actitud desenfadada de Steven Adler tras la batería, sus presentaciones eran  demoledoras. Debido a los problemas en los que se metían, en muchos de los bares parecían tenerles miedo, por lo que tocaban donde los dejaran. “Recién llegados de rehabilitación”, “La banda más peligrosa del mundo”, eran algunas de las maneras en las que los anunciaban. Pero ellos seguían tocando y los jóvenes seguían yendo a verlos, cada vez en mayor cantidad,  punks, metaleros, fresas, de toda clase.

 

En 1986 firmaron con Geffen Records para grabar su primer disco, el encargado de la producción fue Mike Clink y, consciente del talento de la banda, su prioridad fue poner algo de disciplina en el grupo, así que prohibió las drogas en el estudio, aunque no pudo evitar el alcohol y los cigarros, y le consiguió al grupo un departamento mientras duraba la grabación, “Lo destruyeron completamente”, comentaría después el productor. Al terminar la grabación, Clink estaba seguro de que el disco sería un éxito, augurando ventas por dos millones de copias.

 

Appetite For Destruction vio la luz el 21 de julio de 1987. La salida al mercado del álbum no fue lo esperado, debido a su portada original (que mostraba a un robot después de haber violado a una mujer) las tiendas se negaron a venderlo. Por esta razón la tapa del disco se cambió a la ahora icónica cruz con los cráneos de cada uno de los integrantes. Una vez solucionado el contratiempo, la fama y el éxito de la banda comenzaron a crecer hasta niveles que nadie había imaginado. Las letras directas y arrasadoras acompañadas de una música brutalmente sincera no dejaron indiferente a nadie. Para bien y para mal Guns estaba en boca de todos. Llegó al número uno en las listas de popularidad y durante mucho tiempo ocupó el lugar del disco debut más vendido de la historia, hasta ahora más de 30 millones de copias han sido comercializadas.

 

Más allá de la mala fama y la polémica alrededor de los integrantes del grupo, la grandeza del disco reside en sus canciones. A lo largo de doce tracks el álbum deja claro que se está frente a una banda de verdad, que no busca otra cosa más que hacer la música que ellos quieren sin hacer concesiones ni pedir permiso. Básicamente rock puro y duro.   El tema abridor es “Wellcome to the Jungle”, compuesta por una cadena de riffs salvajes, donde Axl expresa el shock de llegar a Los Angeles siendo un chico ingenuo de Indiana, además de ser la bienvenida perfecta a la música del grupo.  “Paradise City” destaca por su sencilla estructura de tres acordes cuya intensidad va incrementándose llevada por la guitarra de Slash hasta alcanzar un clímax explosivo. Con “Sweet Child O’ Mine” vemos la otra cara de Axl, dejando la furia a un lado para ofrecernos una balada legendaria dedicada a Erin Everly, quien se convertiría en su esposa; otra vez, enmarcada por un intro de guitarra emblemático y uno de los mejores solos en la historia del rock.

 

El resto del álbum no desmerece, si bien las otras canciones  no alcanzaron la popularidad de los sencillos (por obvias razones). “Nightrain” y “Mr. Brownstone” hablan de su relación amor-odio con las adicciones. En “It’s So Easy” y “Anything Goes” abordan el sexo alejado de todo romanticismo. En “Out Ta Get Me” enfrentan sus problemas con la autoridad. “My Michelle”, “Think About You”, “You’re Crazy” y “Rocket Queen” tratan sus muy variadas relaciones con las mujeres. Como dato “curioso”, en la última mencionada, que también cierra el disco, fue incluido el audio de Axl teniendo sexo con una stripper en el estudio de grabación.

 

Treinta años después la importancia de esta producción dentro del mundo del rock es innegable. Nosotros la reconocemos al mismo tiempo que nos preguntamos: ¿En dónde están los Guns N’ Roses y el Appetite for Destruction de esta época?